Hay una concepción de la literatura que lo orienta y que tiene que ver con sus lecturas. Eso está bien. Aparenta calma y minuciosidad, atención al detalle y cierta elegancia. Las frases suenan, bien o mal, pero suenan.
Si tuviera que imaginarlo lo haría con una pluma fuente en su mano, cerca de una ventana, matinal. Su voz es grave pero no seria. Procura diversión para sus lectores y para sí. Es casi todo lo que una madre dispuesta a sacrificar fortuna por ideales, desearía para su hija (en tiempos en que todo, desde la siempre extraña relación de una madre con su hija, pasando por la fortuna y los ideales, parecen haberse disuelto un poco).
Volviendo al tipo, para resumirlo en una palabra, resulta enternecedor.
Pero hay otra versión que dice que esos tipos tan calmos siempre esconden algo.
Es decir: lo que está, está, aunque parezca que no.
Hay una vorágine, ciertas imágenes que no podríamos calificar de malvadas, sino de malditas, que el tipo ha ido enterrando bajo un pajerío de palabras. Quizás sea por eso que escribe novelas, con preferencia, porque si uno lee bien a sus frases no les falta música ni a cada capítulo propuesta, lo que se suele llamar “gancho”. Podría escribir cuentos. O poesía. Pero escribe novelas que se esponjan como el cerebro de una vaca loca.
Quizás sea exactamente eso lo que le da cierto éxito entre las mujeres; o quizás al éxito haya que alimentarlo y una vez lograda la compañía haya que ir enterrando –bajo palabras o bajo capas de buena alimentación–, los aspectos más atroces, bestiales, que nos moldean.
“Cuestiones de carácter”, diría alguien.
Uno nunca es quien dice ser, ni quien dicen que uno es.
Todas esas imágenes insoportables –en primera instancia insoportables para uno mismo– no conforman en absoluto un ser social.
Sin embargo, las cuestiones de carácter, usualmente desdeñadas, en el fondo son las que deciden muchas cosas.
A primera vista no le falta inteligencia, al escritor. Hasta ha ganado premios.
Su inteligencia se ha visto reconocida, traducida y expuesta.
Pero, por el camino inverso a la doma, algo de lo que sobraba y que se esmeró en recortar, pulir, orear, se ha infiltrado a través de la mirada del Único Otro que es su lector.
No ha logrado, como debería haber hecho, arrancarle los ojos en un primer gran acto de salvajismo liberador.
Es que los ojos de ella –porque su lector es “ella”–, para él son preciosos.
Por eso, podríamos decir, parte de sí, quizá la más valiosa, sucumbió ante la belleza y no aparece.
Su obra gana premios pero se ha vuelto demasiado prolija.
Las razones han sido expuestas aquí.