AÑADIDURAS

Agosto 19, 2008

Archivado en: Añadiduras — Carlos @ 1:00 am

Hay una concepción de la literatura que lo orienta y que tiene que ver con sus lecturas. Eso está bien. Aparenta calma y minuciosidad, atención al detalle y cierta elegancia. Las frases suenan, bien o mal, pero suenan.
Si tuviera que imaginarlo lo haría con una pluma fuente en su mano, cerca de una ventana, matinal. Su voz es grave pero no seria. Procura diversión para sus lectores y para sí. Es casi todo lo que una madre dispuesta a sacrificar fortuna por ideales, desearía para su hija (en tiempos en que todo, desde la siempre extraña relación de una madre con su hija, pasando por la fortuna y los ideales, parecen haberse disuelto un poco).

Volviendo al tipo, para resumirlo en una palabra, resulta enternecedor.

Pero hay otra versión que dice que esos tipos tan calmos siempre esconden algo.
Es decir: lo que está, está, aunque parezca que no.
Hay una vorágine, ciertas imágenes que no podríamos calificar de malvadas, sino de malditas, que el tipo ha ido enterrando bajo un pajerío de palabras. Quizás sea por eso que escribe novelas, con preferencia, porque si uno lee bien a sus frases no les falta música ni a cada capítulo propuesta, lo que se suele llamar “gancho”. Podría escribir cuentos. O poesía. Pero escribe novelas que se esponjan como el cerebro de una vaca loca.
Quizás sea exactamente eso lo que le da cierto éxito entre las mujeres; o quizás al éxito haya que alimentarlo y una vez lograda la compañía haya que ir enterrando –bajo palabras o bajo capas de buena alimentación–, los aspectos más atroces, bestiales, que nos moldean.

“Cuestiones de carácter”, diría alguien.
Uno nunca es quien dice ser, ni quien dicen que uno es.
Todas esas imágenes insoportables –en primera instancia insoportables para uno mismo– no conforman en absoluto un ser social.
Sin embargo, las cuestiones de carácter, usualmente desdeñadas, en el fondo son las que deciden muchas cosas.

A primera vista no le falta inteligencia, al escritor. Hasta ha ganado premios.
Su inteligencia se ha visto reconocida, traducida y expuesta.

Pero, por el camino inverso a la doma, algo de lo que sobraba y que se esmeró en recortar, pulir, orear, se ha infiltrado a través de la mirada del Único Otro que es su lector.
No ha logrado, como debería haber hecho, arrancarle los ojos en un primer gran acto de salvajismo liberador.

Es que los ojos de ella –porque su lector es “ella”–, para él son preciosos.
Por eso, podríamos decir, parte de sí, quizá la más valiosa, sucumbió ante la belleza y no aparece.
Su obra gana premios pero se ha vuelto demasiado prolija.
Las razones han sido expuestas aquí.

Agosto 9, 2008

Archivado en: Añadiduras — Carlos @ 10:35 am

algunas veces la que va por la calle es la mujer, otras es su mascota y así, se entiende, el que no va por la calle va por la vereda, cruzándose en una trenza morbosa, de arriba abajo como si el bicho entendiera, mire, y a pesar de la soguita sintética que los une –para mí que era un sueño, y eso que está bastante restringida la actividad del sueño salvo que uno se disponga a perder el tiempo–, y la mujer, le decía, cada tanto se detiene y con la punta de un cortaplumas de hoja opaca rasca rasca los pequeños huecos que el cordón granítico que enmarca la calle ofrece, a los de la vista atenta, créame, y de los agujeros húmedos cada vez saca alguna sustancia viva revolviéndose en la punta del cuchillito, y entonces se lo presenta al perro, que pareciera que entiende, me refiero a la inmundicia del moho vivo, envilecido, que la mujer le ofrece, y el pequeño mamífero terrier mira, primero mira, luego huele, olfatea le diría, aunque un último movimiento, el de mirar a su dueña (“dogui, mamuchi”), lo reservamos para la imaginación podrida que la historias de disney nos han implantado como un chip, porque los perros nunca hacen eso, ni siquiera saben que son “mascotas”, y hasta es probable que al bicho la inmundicia le guste y para afirmar esto le digo que no hacen falta mayores datos, salvo un cuento que me refirieron alguna vez, en que un setter irlandés, color cobrizo, los conoce, alto, ágil, rápido, la realeza de estos bichos, sepa, cada vez que era conducido a la playa por su dueño y el mar vasto le era presentado, sin restricciones, para que él se lanzara e hiciera justicia a sus ancestros de la campiña inglesa que entibian lanas en victoriosas charcas victorianas, el bicho no tenía mejor idea que correr desbocado por la línea de la espuma… ¿buscando qué?, adivine, no acertaría jamás…, no me creería si le dijera que lo que semejante bestia buscaba eran restos de peces en putrefacción, gaviotas muertas, almejas partidas hediondas para revolcarse panza arriba; todo aquello que un humano jamás habría elegido, mire, mire la distancia que nos separa de estos bichos. Nosotros hacemos hermosas a las bestias, somos nosotros quienes hemos rescatado a estos parientes de las musarañas del salvajismo en que cada tanto insisten, cómodamente adormecidos. Ni bien los dejamos elegir se pierden, créame ( aunque prefiero que no pregunte quién nos rescata a nosotros, porque esas preguntas en invierno, entre cristianos, no se hacen). No pregunte. Pruebe en cambio este licor que hacen los curas en Victoria, Entre Ríos, licor de arándanos, se llama. Vea el color. No sé la procedencia del arándano, pero no importa, vea que hermoso nombre para llamar a una fruta. A propósito, a los curas les dicen “monjes”, no sé por qué. Pruebe, pruebe de una vez este licor.

Agosto 6, 2008

Archivado en: Añadiduras — Carlos @ 3:04 pm

porque mujer es toda fuente de efectos, y hombre quien los padece…

Victoria es la quinta, la que va con la vaca al Congo en un barco rodeado de avisperos y avispones.
La Reina Africana, la que se ofende, la que se enoja, la que muerde los tobillos del oscuro para chapar en la noche sin que se sepa.
Ojo, cuidado con la Reina, que las nenas son siempre así, de tanto ocultar lo que esconden. Y la noche en que te chapa, en que te chupa, te convierte en un niño capaz de jurar que entre ella y vos hay algo más que madre y desmadre.
“Entre nosotros dos hay algo”, le aclaro, tarde, en medio de una noche peluda de cama, tanteando el centro.
No hubo retorno, porque la desintoxicación no avanza ni un paso.
Derecho a la clínica, de la mano de madre Victoria, vamos a ver que es lo que falla.
Es tarde y es médico de guardia.
La doctora tiene sus premolares manchados de rouge.
La camilla Bowles es reclinable y conecta con el incinerador de la clínica.
Un desperdicio, seré un verdadero desperdicio, todo para que en la mesa de póker quede un lugar vacío, el del aquel que creía que por escribir estaba al margen de Todo el Sudoku.
“Por no saber quien es”, dice la tapa móvil que conduce a la fogata incandescente del sótano, de donde saldré resucitado, hecho hollín, nube, polvo, ave negra que irá a fecundar quien sabe qué artefacto.
Al fondo del río, iré a parar.

El Oscuro se inclina, sobre la mesa, con expresión neutra, y en gesto copiado del croupier de su novela favorita abraza los libros que acabamos de ofrecer, tribales, en cantidad no menor a tres. La cartera de la Dama tiene doble fondo, no todos los libros que lleva consigo aparecen, no todo lo que trae lo pone a disposición de la mesa. Algo aprendió. Al principio supuse que era “cuidado”, mera precaución de no apoyar los libros sobre las mesas de los bares que frecuentamos, pero luego supe que era algo más. De todos modos la vista del mayor, el Oscuro, parece abarcarlo todo, y al mismo tiempo que con sus dos brazos arqueados atrae los libros hacia sí, su mirada se estira ávida hasta la boca del bolso de la Dama, que resulta demasiado rápida de manos hasta para un águila como él. Apenas asoma un borde del primer tomo de las obras completas de alguien cuyo nombre dice en voz baja (¿Copleston, Parravicini, Arreola?); sólo el precio, ridículo por lo bajo, es bien audible. “Levemente por demás”, decía una vecina que tomaba el té en lo de mi vieja.
En las cejas del mayor se arma un gesto mixto de incredulidad y codicia. Mientras junta los libros como si fuesen enormes fichas de póker termina de redondear un aire de humildísimas –increíbles– disculpas.
“Son sólo libros”, murmura.
“No intercambiamos ninguna otra cosa…”, aclaro pronto, y busco asegurarme con la mirada de que el Menor pesque el tono burlón, y la alusión antropológica a la Dama, que muerde un trocito de queso con sus incisivos, que parecen los de una adolescente, dudando del bodegón, de sus tres hermanos, de la materia, del mundo en general.

Agosto 1, 2008

Archivado en: Añadiduras — Carlos @ 11:43 am

El plan de inspiración arltiana surgió cuando ya habíamos abandonado casi todo. Como esas bolas de billar que pegan contra los honguitos, más o menos. Al principio los veíamos vibrar, supongo, y “veíamos” no era exagerar. Luego empezamos a ponerles el dedo índice sobre la cabeza, antes de que el otro tirara. Podíamos abarcar hasta cuatro a la vez, estirándonos e incluyendo los otros dedos. En tercera instancia… bueno, lo que llegamos a hacer en tercera instancia queda entre nosotros, no todo lo vamos a revelar. Pero sí es cierto que el Plan surgió después de los honguitos, y consistía, básicamente, en una estrategia para dominar los aspectos más jodidos del mundo. Sus más fucking aspectos, como le gusta decir al Menor.
La Dama al principio se opuso, fue claro que la aburría. La idea de dominar los jodidos fucking aspectos del mundo le resultaba improbable, seguramente, pero jamás iba a decirlo así, ya que se habría sometido – así lo hacíamos todos, hay que decir– a los argumentos de la razón y los alcances de la estadística, que los tres hombres iríamos a esgrimir como corresponde.
La fucking Dama, entonces, mintió una vez más sin siquiera abrir la boca, con un bostezo.
El Mayor escuchó y cambió de tema. Empezó a hablar en contra del Optimismo, de las enormes desventajas que tenía esperar algo de la vida, pero, al igual que la Dama, no lo hizo abiertamente –pocas veces se arriesgaba– sino hablando de filosofía, como era su costumbre. Es más, la mayoría de las veces no quería exponerse, salir de su refugio acuático a la cala, y por eso hablaba de literatura, que –el Menor y yo bien lo sabemos– es una manera ensombrecida y poco valiente de hablar de Filosofía, que, como todo lo que importa, a veces aburre.
La idea del Plan comenzaba con la publicación de una revista y una seducción de a cuatro. Cuando dije “seducción de a cuatro” la mujer apoyó las palmas de sus finas manos sobre la mesa y, como si sus brazos fuesen los dos soportes de un atril, se inclinó hacia atrás y descansó, a la espera, su espalda sobre la silla.
Al Menor le brillaban los ojos, no sé si de emoción o de ira. Le iba a tocar la peor parte, por ser el menor. O por no tener a mano alguno de los recursos que los otros estábamos dispuestos a usar (el Menor era bueno). El dato que había tirado, sobre los poetas románticos ingleses, había hecho tambalear buena parte de la velada. Creí que el mayor, literalmente, se moría de no–saber. Inmediatamente lo puso en duda, sin ir más allá. La Dama todavía no había llegado, jamás podría imaginar su reacción, ni con quien se alinearía (no es un dato menor).
“Yo fui testigo”, podría decirse, si la TV no hubiera desgastado las palabras.
Aunque hay veces en que ser testigo es ser cómplice, como cuando a uno le ofrecen un whisky con hielos en una habitación cerrada, frente a una cornisa en la que dos palomas se persiguen entre sí, alternativamente, de un extremo a otro. En esos casos siempre existe un arma en un cajón y la puerta, como un juramento, luce un vidrio esmerilado.

Julio 30, 2008

Archivado en: Añadiduras — Carlos @ 8:54 pm

Más o menos, algo así como “ir a buscarse el padre en otro lado”, es lo que figura, para el Hombre, a cada rato, el aspecto de las palabras y las cosas. “¿Pero yo qué hice?”, se pregunta, sentado, mientras abre los brazos, los retira del teclado y se autoexamina las palmas, el torso, el cuerpo, el ombligo, y más abajo las piernas. “¿Debería buscarlo en mí, debería procrear?”, se interroga al cuerpo sin dejar de mirar de arriba abajo pero sin levantar el culo de la silla. “Esto es lo que llamo filosofía”, continúa, “porque para vivir es necesario errar, levantar las nalgas en pos de alguna cosa, un vaso de soda, por ejemplo”. Es en ese aspecto donde la vida le parece maciza, en oposición a la filosofía. “En todo lo demás es como las burbujas”, afirma. “Sí”, se responde. A veces logra encontrar palabras que pone a continuación de las preguntas, algo muy parecido a la mecánica que Occidente hace circular en torno a los diccionarios y las trivias. “En otras geografías las respuestas van antes”, sigue, “por eso nos parece que las preguntas, para ellos, alienígenas, son todavía más importantes”. Luego su mente se acelera, o se aceleran las palabras, para ser más precisos, ya que su mente en invierno prosigue la marcha viscosa. Se apura al pasar por terrenos sobre los que se siente inseguro, como el nominalismo. Se da cuenta que cuestiones como “esquizofrenia” no pertenecen al mundo natural sino a las denominaciones, así como hay cosas que pertenecen a uno solo de esos dos ámbitos, pero de manera inesperada. Son creaciones humanas, por ejemplo el hormigón, o los edificios, realidades que no pertenecen al mundo natural. La esquizofrenia también es una creación humana, pero ni siquiera pertenece a la realidad. “Bien podría dejar de existir”. El hormigón y el acero lucen su sólida precariedad, ya que en el futuro podría hablarse, solamente, de materiales plásticos y elásticos.
En el medio, entre el hormigón, la esquizofrenia y las balas (que siempre son balas), encuentra intríngulis varios, como cuentas de Edelap, cajas vacías, y una mujer que le dice que no mate a un grillo que hace cánones de una sola nota bajo la heladera, es decir, dice la mujer, que no mate –él entiende todo así– lo poco que les queda de mundo natural. Pero él quiere dormir.

Julio 29, 2008

Archivado en: Añadiduras — Carlos @ 12:23 am

Me parece que en primer lugar debería dejar de lado eso que llama buena educación.
Es una regla que sirve para todo, pero el malentendido reside en lo absoluto, en pensar que existen reglas universales.

Le diría, si lo tuviera cerca:
– Eso que para vos es buena educación, o buenos modales –ni siquiera sé cómo llamarlo–, dejalo de lado, y hacelo en forma urgente. Se nota demasiado que querés ser bueno (en tu inentendible versión de “bueno”), y eso te parte. Tu sector bueno va alzando la cabeza, desde la posición en que te encontrabas, tirado boca abajo sobre el piso de tierra, y de pronto dejás de olerla polvo, descubrís nuevos aires. ¿El más evidente? Desodorante de mujer, que confundís con fragancia. Te comentan, te mandan mails, te rondan. Y no es que ellas no huelan, estimado. Sencillamente es que tus buenos modales son retribuídos con ausencia de lo que para vos son malos olores (porque los cuerpos, querido…) Y la astuta fragancia sigue ausentada, huérfana y tala, así como cada vez que en el futuro te empeñes en ser nadita más que bueno. Tomalo como suena, como el amago de una perra maldición. No podés seguir solamente bueno y despertar mojado. Ni bien te levantás se te olvida, letra por letra, no el contenido –que sería lo de menos– sino la forma salvaje, un poco imbécil, en que te plantabas a escribir.

Julio 27, 2008

Archivado en: Añadiduras — Carlos @ 4:54 pm

Puedo ver perfectamente el trazo de la pulsión de muerte, una gota de mercurio que se desliza, y no encuentra jamás el secante que la quiera.
En su rodar los vuelve locos.

Hay poco arrojo, es el cansancio, son las posturas de siempre.

¿Pero que el mundo ya no sea novedoso, no será acaso motivo para un cierto confort?

¿Hay un sentimiento más angustioso que el de tantear la perilla de la luz y no encontrarla?
– Sí, responde –imaginario–. Pensar que vas a quedarte pegado si llegaras a encontrarla.

Julio 26, 2008

Archivado en: Añadiduras — Carlos @ 4:51 pm

Nada peor que escribir sobre lo que no se conoce.

El rumor no vivirá de mí, ni se extenderá como una mancha sobre el secante.
De todos modos, ni los secantes son capaces de absorber el mercurio sin perjudicarse.

Si toda demanda, cáspita, es demanda de ser amado, me cago en sus madres.
Porque el mundo sería tan simple, entonces, que andaríamos como babosas. Todo el mundo atendería el teléfono y Pavese seguiría pavoneándose.
A veces es demanda de silencio. “Cálate, por favor, ¿te puedes calar?”. Otras veces, demanda de que digas algo, preferentemente sin el verbo “cernir”, que verdaderamente cansa más que cualquier adverbio o forma adverbial. Los textos de inspiración lacaniana son un bodrio que repele, expulsa, una sublevante falta de imaginación detectable en sus puntos de anclaje. Y vaya si sabemos buscar…
Es necesario quemar. Burn, burn, burn: to be born.

En lo más íntimo, que te digan “querido”, a veces aplasta. Hay que ver si se vuelve a nacer sin ponerse un poquito, aunque más no sea, un poquito colorado.
De todos modos no es cuestión de quien lo dice, que, por decir, es un valiente a secas. Todo el problema está en la cobardía de no hacerse el gran merecedor.
Es más fácil poner llave, tragársela, ir hasta el inodoro a recuperarla, lavarla seriamente, poner llave, volver a tragársela, y así ad infinitum.

Sintagmas.
Madre coraje.
Padre perverso.
Hijo cagado.

Estamos esperando un bote, en la punta del embarcadero.
Una valija a cada lado, como corresponde, y una espantosa espera dilatada.
Un lago calmo, nada peor que un lago calmo en estas ocasiones.
Hemos arañado el mar, hemos ventilado ríos, y sin embargo nos ofrecen un lago calmo a la espera de un bote negro.
Quizás, todavía peor, sea un barquero sin rostro, o un remero sin brazos.
Un bote, sólo receptáculo y timón, como si tener una buena razón fuese causa suficiente para ir a un lugar definitivo.
No tener la certeza –mientras seguimos esperando– duele más que ser despellejados.
No hay seguridad, y sin embargo, hasta para hablar del bote negro y del barquero, nos paramos sobre la punta de un embarcadero sobre la superficie de un lago calmo.

Más difícil que parir una llave.

Archivado en: Añadiduras — Carlos @ 12:20 pm

Porque nada es lo que era, y porque debajo de la cama algo duerme, se acerca y le acaricia la cabeza, el pelo, antes de que se levante a desayunar. La busca. Trata, con su mano, de calcular la temperatura de la causa, mientras piensa que si escribiera (raramente hace un gesto deliberado sin pensar en escribirlo), piensa (huele, intuye, figura) que si escribiera “Causa” estaría –extraño– en vías socialistas, de anarquismo, de un Mundo Mejor, mientras que si escribiese “causa” estaría hablando de estar no “con” el Otro, sino en él, uno en el otro, confundidos, con una buena dosis (casi toda la dosis), de “tolerándose”, pero no tolerándose en el sentido de aquellas pequeñas zancadillas de los yoes, sino mas bien como la presencia de un insecto, un ácaro, un monstruo hematófago, que viene dulce del aroma de café y las tostadas de centeno, a acariciarse la cabeza y los pelos, montado en un artefacto cibernético desprevenido, sin resto de instinto sexual, a tomarse la temperatura sobre la frente, más que nada como causa.

Julio 22, 2008

Archivado en: Añadiduras — Carlos @ 10:07 am

Intentó aferrarse al ramo de flores, te juro, quedó flameando un rato, como si fuese un cuadro de Chagall, pero por fin el viento se puso más intenso, se puso firme, y la arrancó, un último pétalo, y su figura se perdió rumbo al río. Porque yo estoy en condiciones de asegurarte –podés verme las certificaciones en la frente, en las manos, en el cuello– que con el ideal, como con la comida, no se jode.
Habrás visto City Lights, querido, la última escena, cuando ella lo reconoce por sus manos, las adivinamos ásperas, antes que por su vista recuperada, que fracasa. Él, que estaba dispuesto al sacrificio, la complace. No, no en el asentimiento; ¿cómo podría desmentir la convicción de una mujer que ha sido sabia y ciega? La complace en ser lo que ella querría que fuera, con esa sonrisa pava que apunta al futuro. Pero todos adivinamos –te juro, era como si en el cine nos hubiéramos mirado las caras unos a otros– que ella, junto con la visión, había conseguido un nuevo novio que ahora sí le entraba por los ojos. Los críticos escrutan la última escena como si Charlie fuera tan sabio de no decir nada, de mantener eternamente el suspenso. Mirá su sonrisa desvaída, mirá la mano resignada. Otro tipo, ni bien ella duda, ni bien ella lo reconoce, gira su mano y la aferra de la muñeca, y no la suelta. Otro tipo se la trae y le estampa la boca en medio de la vereda, aunque lleve meses sin lavarse.
Por eso, querido, es preferible la certera imagen de un cuadro de Chagall. La imagen quieta –paradoja pura, querido Barton– oscila, su vestido flamea; ¡hasta los colores tienen el movimiento de la auténtica tragedia!. En Chaplin el ideal vacila. Por eso vivió tantos años, supongo.
Pero si me preguntan si el genio habrá sido feliz… pienso en esa escena irresoluta, dubitativa, viscosa, estática, y me pongo a pensar, primero, si no habrá sido uno de esos tipos que captan las ondas de radio de lo que la mayoría de la gente hubiera querido decir de haber tenido los medios. Lo contrario de un genio, claro, no encuentro la palabra.
Por otro lado, Barton –en ésto estoy bastante más cerca de poder responder– me pregunto si habrá sido feliz.

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